carne negra

Alrededor de Cruz Azaceta

Luis Cruz Azaceta, Loco Local

Carlos A. Aguilera

¿Qué habla el hombre-perro? ¿Qué dice, qué muerde, qué ladra?
¿A quién se enfrenta el hombre-perro?
Ese que va por la calle y de pronto te mira y al cual el colmillo le brilla (ese relámpago que muestra al animal antes de que este se muestre a sí mismo) ¿es el hombre-perro?
Si tiramos un hueso (hueso-historia, hueso-memoria, hueso-archivo, hueso-política…), ¿el hombre-perro lo roerá?
¿Qué, quién, es el hombre-perro?
¿Qué hace el hombre-perro en la obra de Luis Cruz Azaceta?
Antes de empezar, hay que decir que Cruz Azaceta es un pintor de hombres-perros; hombres que se convierten en bestias y se hunden en sí mismos hasta que explotan.
Hombres-perros que tienen algo agresivo (es decir, son lo agresivo), algo fecal (es decir, son lo fecal)…
Algo que en sí mismo da miedo.
¿O la imagen de un hombre-perro en la calle, erizado, “como un cristo o un N´kisi”, con la lengua afuera, observándote, no es exactamente lo que (nos) daría miedo?
Los hombres-perros de Cruz Azaceta son sujetos desplazados. Sujetos con historia pero que han sido lanzados fuera del archivo-historia. Sujetos con identidad, pero que sobreviven fuera de lo que aparentemente había sido creado para ellos.

Luis Cruz Azaceta, The Urban Beast, 1984, Acrylic on Canvas

Son balseros.
Moscas.
Cabezas separadas de su tronco.
Números.
El hombre-perro de Cruz Azaceta es un número.
Por eso muchas veces está frente a un hueco, solo, pensando si “despetroncarse” en el vacío o saltar de un lado a otro como en Homo Fly, ese cuerpo-mosca que parece haber aterrizado por casualidad en medio de la calle antes de seguir de largo…
El hombre-perro es precisamente eso: una mosca que sigue de largo…
Una víctima.
No porque haya sido dañado por alguien (en la pintura de Azaceta todo el mundo ha sido dañado por algo/alguien pero a la vez ese daño pertenece a la lógica interna de las catástrofes que el autor de No Exit pinta), sino por eso que Iván de la Nuez en magnífico ensayo ha llamado “una estética de fugas continuas”.
Es decir, de asincronías, de salidas que no responden precisamente al topoi de lo actual, de multiplicidades, de autobúsquedas…
Autobúsqueda que hace pasar a Cruz Azaceta del selfnarcisismo (todos son él y a la vez ninguno lo encarna, en el sentido ontológico de la palabra) al selfurbano. O lo que es lo mismo, la canibalización de los personajes que componen lo urbano, la ficción de ese Yo que no es el mío pero también observo, dramatizo, sitúo, detesto, represento.
¿No es acaso lo urbano: el metro, la calle, las alcantarillas, los malls, el mayor centro de producción de selfsubjetividades que existe, allí donde mejor un creador, cualquiera que este sea, puede crear y tomar lo que para su libro o foto o cuadro o relato desea, allí donde mejor puede construir y devenir?

   Luis Cruz Azaceta

Azaceta es un pintor de malls. De malls y suburbanos, como se le dice al metro en algunos lugares.
Y no precisamente porque esté obsesionado con ellos (creo que en su obra aparecen muy pocos, quizá en algún collage, pero no más…) Es un pintor de malls porque recoge de estos lugares poblados de “lobos” y “flies” cierta agresividad y cierta tensión y eso es lo que pinta.
Azaceta es un pintor de tensiones. Se ha dicho de dramas, de tragedias, de muertes…, pero en verdad es un pintor de tensiones, de temblores a flor de piel, de erizamientos. Y para esto nadie mejor que ese homo hominis lupus que Azaceta descubre en todas partes, como si la ciudad fuera en sí un gran mall atravesado por un suburbano. Un suburbano que tiene una sola estación (la del mall –la del Mal- precisamente) y está obligado a recorrer hasta de nuevo aminorar la marcha.
En el mall viven los enfermos, los desplazados, los-que-se-compran-a-sí-mismos, los que devienen perros…
En el mall vive lo violento.
Y nada más cercano al imaginario del cubanoamericano que Lo Violento, lo que genera fuerza y a la vez repugna, ya que viene a violar el orden preestablecido por la sociedad-policía.
«Un actor debe saber agredir a su propia “joroba psíquica” con una crueldad consciente», le decía Grotowski a Barba en una entrevista, cuando este último vivía en Opole aprendiendo cómo crear un teatro nuevo.
Los hombres-perros de Azaceta son precisamente la representación de esa joroba psíquica. La representación de una joroba que quizá simbolice la sociedad, la ideología, el mercado, el mito, la escena…
El detritus que queda después que ya no quede (ni nadie espere) nada.
La escatología, en su sentido de salvación, de selffuturo, de pérdida, tal y como ha sido descrita en tomos precisos por Girard.
A su vez, lo que escapa a toda simbolización.
El hombre sin historia no tiene porqué representar nada ni representar a nadie. Es el hombre no-domesticado, mascacarne, tuercepescuezo, y no tiene porqué atenerse a las reglas de la ciudad higiénica.
La ciudad regulada y kitsch-otoñal, creadora de sub-urbanos…
El hombreperro solo se debe a su instinto (¡por eso es el hombre-perro!), a su hambre. Y si su hambre le dice que debe comerse a alguien, lo hace, como en Loco Local, donde un hombre-perro de ojos desorbitados y piel gangrenosa devora a una vieja cara de caballo.
O en Double Self-Portrait: Aggressor/Victim, donde un Azaceta-araña sacrifica a otro Azaceta gritón, de dientes blancos, y nos ofrece el infinito goce de entender el sacrificio como un acto in extremis bello, que no necesita otra cosa que cierta luz, cierto cuchillo, un grito. (Por cierto, ¿el Azaceta-verdugo de este cuadro no recuerda a esos Christus pantocrátor de la iconología medieval, esos siempre enhiestos, almidonados, que asoman sus dos deditos y te miran fijo?)
¿El sacrificio como un hecho de la estética, y de la higiene, y de la ontología, y del teatro?
El hombre-perro es el origen mismo.
Se sitúa ahí donde hay nada, donde falla el origen, y chilla. Es el rey del mall, del estrés, de las solteronas que flirtean con él al borde de los huecos, a pie de alcantarilla. Y por eso las despedaza. ¿O es que hay placer mayor que descuartizar a una solterona que te enseña la puntica del muslo para que la sigas hasta su casa y te tomes su batido?
El hombre-perro es el orden sublimado: un regulador social.
El que va fuera de toda economía y no produce nada, salvo pus (no confundir con plus). El que ha convertido la victimización general en una anticonstrucción.
Y no se arrastra.
Y no vuela.
Y no come.
Y no mata.
Aunque siempre nos vigile…
Nos observe hasta cuando vayamos al mall y nos perdamos entre estantes de detergente y cerveza.
El hombre-perro nos observa siempre.
Es su instinto animal, ese que por suerte aún no ha perdido: detritus y fecalidad, como escribía antes…
Ruptura del estereotipo.
Y contra los estereotipos y la simbología estilo historia del arte (una de las simbologías más bobas que se han creado), el hombre-perro se parará en dos patas y ladrará, con un cuchillo en la mano.

   Luis Cruz Azaceta, 1979, Window

Un cuchillo que tendrá grabado en su filo cientos de números más dos goticas de sangre.
Por eso ha decidido estar ahí, para que veamos el cuchillo y para que sintamos su amenaza.
La amenaza que encarna en sí su presencia y lo violento de su presencia.
La violencia que estructura todo en la obra de Cruz Azaceta: ese otro hombre-perro…
Sí, como escuchan…
Ese otro hombre-fly.