La Estrategia Tichý

Apuntes sobre la decadencia checoslovaca

Carlos A. Aguilera

Toda la verdad sobre Tichý cabe en una línea: Miroslav Tichý era un hombre político. Es decir, todo lo contrario de lo que se ha escrito hasta ahora.

Su fotografía, esa que asombró al mundo a inicios de nuevo siglo, aunque sería más propio decir sus imágenes, deslumbraron a la mayoría de los expertos no sólo por su borradura y amauteurismo, ambos conseguidos de manera natural y desde el no-artificio, sino, por el personaje mismo que las había hecho, esa suerte de “Tarzán en pensión” como él mismo se denominaba.

Travestismo ―nadie más travesti que ese que no necesita disfrazarse― que a todas luces era una reacción contra el horror que a partir de 1948, precisamente cuando Tichý abandona la Academia de Bellas Artes de Praga, comienza a imperar en el antiguo país eslavo y, duraría, como ya sabemos, hasta la hoy reverenciada Revolución de Terciopelo.

Pero, ¿era Tichý, el peludo Tichý, el homeless Tichý, un artista ad usum? ¿Representaba alguna escuela o filosofía o ismo “radical”?

Si observáramos la pintura del checo, lo poco que se conserva de ella, veríamos que como pintor era uno más. Uno más intentando dominar las técnicas, los colores, el marco, la influencia, el trazo.

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Uno más intentando encontrarse.

De hecho, su salida en 1948 de la academia, su autoexpulsión podríamos decir, y su posterior “demencia”, estaba estrechamente ligada a esto que vengo diciendo…

Las autoridades checoslovacas prohíben el desnudo de las modelos en las escuelas de arte (el desnudo y por supuesto el cuerpo) e imponen el modelo-camarada como única solución. A partir de aquí, habrá que pintar a tractoristas y a sonrientes panaderas, a jefas de la industria metalúrgica y rudas agrimensoras, a rubicundas mujeres del Konsomol y estrábicas policías…

Pero cero “tetobio” y cero pubis más a partir de este momento, cosas que evidentemente volvían loco al joven Tichý (el tetobio, digo, no la prohibición…)

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Cero olorcito a culo.

Y destaco lo del culo porque quizá Tichý sea uno de los fotógrafos más obsesos con el “orto” que existan. No sólo los pintó, aunque en los pocos cuadros que se conservan, es más el volumen que la forma lo que está en juego, sino que hizo miles de fotos de él:

Culos gordos y culos flacos.

Culos de viejas y culos de obrera ejemplar.

Culos de niñas que juguetean en una piscina y culos respingones.

Culos que toman sol y culos que se ocultan tras una silla.

Culos embutidos en una saya y culos listos para la guerra.

Culos higiénicos y culos tartamudos.

Pinacoteca donde lo importante no es la mujer (¡habría que ver hasta qué punto en la historia cada vez que se representó a una mujer lo importante fue la ELLA en sí!), sino, ciertos atributos donde lo femenino se tuerce o ideologiza, donde deviene reflexión sociológica.

O lo que es lo mismo, donde “eso” prohibido por el estalinismo: las partes donde la ELLA va a ser más ELLA pero nunca del todo una ELLA, regresa en forma de doble vínculo.

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Es decir:

―como aprendizaje y fisgoneo y fascinación y ajuste de cuentas con la juventud, como si el único ciclo de existencia fuese aquel donde alguna vez quedamos, psicoanálisis dixit, muertos (el pasado),

―como bofetada posterior, política, a un sistema que precisamente está prohibiendo eso que, si vamos al lugar adecuado (y un país lleno de piscinas y balnearios y gentes con deseo de mostrarse parece tener muchos lugares adecuados), podremos olisquear por todas partes (el presente).

¿No representó el comunismo, como bien muestran Milos Forman y Bela Tarr en algunas de sus primeras películas, sobre todo La oveja negra y Nido familiar, el lugar donde la asfixia hacía que precisamente todo ―ese Todo que ni siquiera cabe en las censuras del sistema― se sublimara?

Las imágenes de Tichý, tan desgastadas y envejecidas como él mismo (instantáneas sin domicilio fijo pudiera decirse), representan, por el pasado semi-acádemico de Miroslav Tichý, por su decisión de “abandonarse”, de no formar parte de nada, de perder…, en un tiempo donde formar parte de algo significaba cuando menos no ser internado constantemente en manicomios y cárceles, el mejor archivo político que tengamos de la Checoslovaquia de los años 70s y 80s.

Un archivo donde, por supuesto, Praga o Kyjov, ciudad de donde procedía y adonde después regresará, no aparecen nunca: ¿quién quiere retratar una ciudad llena de emblemas ideológicos y que en cada esquina levanta culto al sovietismo faltón y ante-porta?

Miroslav-Tichy-copie1-1024x801Nadie…

O los idiotas de siempre, claro. Pero no Tichý.

Su estrategia (es curioso que nunca se haya hablado de la estrategia Tichý, tal y como se habla de la estrategia-Havel o de estrategias puntuales en el ajedrez u otro deporte) fue la de observar y entender la sociedad como un acople de piezas malas, outsiders.  Piezas que por sí mismas nunca echarían a andar al sistema, pero, por eso mismo, más tarde o más temprano, terminarían eliminándolo…

Deglutiéndolo.

¿No era esto, roedoramente, caninamente, lo que hacía el filósofo y sin dientes Tichý con sus fotos: deglutir?

Entonces: deglutir, rayar, desenfocar, manchar y echar al pudridero las imágenes que hacía. Literalmente. Tirarlas en una tina hasta que se humedecieran u oxidaran, y después dejarlas por años, en la mayoría de los casos, a merced de cualquier excremento, de las ratas.

Quizá una de las escenas más claras de la vida de Tichý, de su estética, sea precisamente aquella imagen en el documental que le hace Roman Buxbaum, en 2004, en la que él pelea contra las ratas. Cómo se queja de que dos ratas gordas le coman todo y orinen todo. Cómo se queja de que dos ratas gordas lo obliguen a vivir defendiéndose.

¿No representa esta queja, ab ovo, ab rattus, al límite, una queja política?

¿No era precisamente orine de rata aquello que dejaba caer de continuo el sistema socialista sobre la cabeza de sus conciudadanos, gota a gota, chorrito a chorrito, hasta que quedaban anestesiados?

¿Y no estaban rellenas de orine (de rata y ratón de Siberia) las balas de los tanques soviéticos que invadieron Praga en 1968?

Esos tanques que Koudelka, el mejor reportero de la invasión, supo captar de manera tan cinematográfica en sus fotos y suponemos que al greñudo Tichý casi volvieron loco ―un poco más de lo que ya estaba―, ya que esa invasión representaba el segundo gran golpe estético operado por los comunistas en su vida.

Por una parte, la prohibición del desnudo, del cuerpo, como antes señalábamos, para gloria mayor del infame Realismo Socialista.

Por otra, la sovietización total.

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Tichý, quien meses después de esta invasión comienza a construir sus cámaras, ―año 1969/70―, y a captar fragmentos (con esa agresividad sutil que tienen los fetichistas), emprende, a mi entender, la mejor crítica que un artista podía hacerle a la situación agobiante en que se había enquistado el país en esos momentos…

Comienza a fotografiar la realidad, lo plano y banal y falso de la realidad checoslovaca, y empieza a hacerlo de manera “mala”. No sólo por las imágenes, hechas con cámaras oxidadas y a medio camino entre la chatarra y lo filosófico (hay que ser muy filósofo para creer que se podrían hacer fotos con una cámara “preparada” a lo Tichý).

Sino, porque a esas imágenes, que muchas veces son sombras, fantasmas, contornos, recortes, nofotos, él le agrega manchas, lechazos, goterones, y para colmo, a muchas de ellas las embute en un marco de cartón, hecho por él mismo con trocitos de revistas o libretas de escuela, que le reforzaban aún más esa violencia precaria de su mirada, ese “atomismo” que según él había condicionado todo.

Una mirada, qué duda cabe, sucia, y a la vez de una limpieza visceral, como se representa a veces el ojo del alcohólico, del que está más allá de la recuperación con glucosa.

Una mirada, tan falsamente espontánea, que desajustó el juego de preguntas y respuestas desde el cual generalmente pensamos el arte donde aparecen mujeres y lolitas semidesnudas.

Si la obra de Tichý, dirty Tichý, homeless Tichý, tiene un mérito (y por supuesto tiene muchos) fue el de haber desmantelado, en actitud y estética, a una política mediocre que dictaba cómo debía funcionar un ser humano y qué debía pensar o hacer.

Y esta solución, culofilia incluida y desprecio incluido, es una solución política.

La única solución que aunque muchos quisieran nunca se atreverían a catalogar como exacta.


Nota. Más allá de lo dicho, tampoco hay que pensar que Miroslav Tichý no hizo fotos de mujeres vestidas. Las hizo, aunque en menor cantidad. Mujeres que siempre están haciendo algo o esperando algo, en movimiento, absortas, consumidas por la sinesperanza, como aquellas dependientas de la tienda Flogar que yo veía de niño cuando iba a buscar a mi abuela. Mujeres vacías, que sonríen o hablan, se pintorretean el piquito y siguen de largo, ajustándose sus camufladas tetas… En fin, personajes-Tichý en estado puro.